La principal señal macroeconómica es que la economía global sigue siendo vulnerable a shocks que afectan tanto el sentimiento como los fundamentos. Una investigación citada por CNBC sugiere que la inflación pasada ha dejado una huella psicológica duradera en los consumidores, haciéndolos más propensos a temer la estanflación cuando surgen nuevas tensiones geopolíticas.
Esto es importante porque las guerras y las interrupciones del suministro pueden afectar directamente los precios incluso cuando pesan sobre la demanda y la actividad empresarial. Si los hogares reducen el gasto por precaución mientras los costos se mantienen elevados, las autoridades enfrentarán una disyuntiva más difícil entre apoyar el crecimiento y contener la inflación.
En Europa, las elecciones anticipadas de Malta muestran cómo la estabilidad económica se ha convertido en un activo político central. El Partido Laborista del Primer Ministro Robert Abela entró en la votación con el crecimiento y la continuidad a la cabeza, aun cuando las preocupaciones por la corrupción seguían siendo parte del telón de fondo político.
El caso maltés refleja un patrón más amplio en todas las economías donde los votantes premian la previsibilidad cuando los riesgos externos son altos. Los gobiernos que puedan apuntar al crecimiento, el empleo o una resiliencia relativa pueden tener una ventaja, ya que los hogares y los inversores se mantienen alerta ante la volatilidad.
Mientras tanto, la advertencia del ex director de los CDC de EE. UU., Tom Frieden, de que el mundo no está bien preparado para la próxima pandemia es un recordatorio de que la seguridad sanitaria sigue siendo una cuestión económica, no solo médica. La débil preparación, junto con los recortes a la capacidad de salud pública, aumenta el riesgo de que los brotes puedan perturbar nuevamente el comercio, la oferta laboral, las prioridades fiscales y la confianza.
En conjunto, estas historias muestran una economía todavía moldeada por la superposición de vulnerabilidades inflacionarias, geopolíticas y de salud pública. Esa combinación es importante para el crecimiento y los mercados porque puede mantener a los consumidores a la defensiva, complicar las decisiones de los bancos centrales y hacer que los activos sean más sensibles a cualquier shock que amenace la actividad o haga subir los precios.