La principal conclusión macroeconómica es que las perspectivas de Estados Unidos se ven arrastradas entre la persistente ansiedad inflacionaria y las crecientes expectativas de que algunas presiones sobre los precios puedan enfriarse, lo que deja a la Reserva Federal bajo un renovado escrutinio.
En los mercados, los inversores en bonos parecen estar indicando que quieren una política más agresiva a medida que Warsh asume el mando de la Reserva Federal. La preocupación es que si se considera que el banco central está detrás de la curva de inflación, los rendimientos a largo plazo y las expectativas de inflación podrían seguir bajo presión.
Por el contrario, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, señala una “desinflación sustancial” en el futuro, argumentando que el reciente impulso inflacionario impulsado por la energía puede revertirse a medida que aumenta la oferta estadounidense. Esa opinión sugiere que algunos funcionarios consideran que los riesgos inflacionarios actuales son menos persistentes de lo que temen los mercados.
La tercera pieza de la historia es el consumidor. Incluso si la inflación general se modera, los estadounidenses siguen reportando un profundo pesimismo sobre la economía, y los economistas citan los efectos duraderos de la inflación, los conflictos geopolíticos y los aranceles en la confianza de los hogares.
Esa desconexión es importante porque la débil confianza puede restringir el gasto incluso cuando los datos concretos se mantienen, mientras que una Fed que se percibe como lenta en responder puede perturbar los bonos y los activos de riesgo más amplios. Esta combinación deja el crecimiento vulnerable, mantiene las expectativas de inflación en el foco de atención y aumenta los riesgos tanto para la política monetaria como para los mercados.