El shock petrolero y los bancos centrales agravan las perspectivas de EE. UU.

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El panorama macroeconómico de Estados Unidos se está deteriorando a medida que un shock de oferta energética alimenta la inflación justo cuando el crecimiento pierde impulso y los bancos centrales adoptan un tono más cauteloso. Los inversores están revisando sus previsiones ante la posibilidad de que el encarecimiento del crudo mantenga la inflación en niveles persistentes y retrase cualquier recorte de tasas que antes se daba por probable. La combinación de menor crecimiento, presiones de precios aún elevadas y nuevas tensiones políticas en torno a la energía, el comercio y la guerra apunta a un escenario más frágil para la actividad y los mercados.

La principal lectura macroeconómica es que las perspectivas de Estados Unidos empeoran a medida que un shock de oferta energética impulsa la inflación justo cuando la economía pierde dinamismo y los bancos centrales se muestran más prudentes. Los mercados están incorporando la idea de que unos precios del petróleo más altos podrían hacer más persistente la inflación y posponer cualquier flexibilización monetaria que antes se esperaba.

Ese giro quedó reforzado por el mensaje más reciente de la Reserva Federal, que llevó a los operadores a ver escasas probabilidades de un recorte de tasas este año. Al mismo tiempo, la revisión del crecimiento del PIB del cuarto trimestre a apenas 0,7% y una inflación subyacente de enero del 3,1% pusieron de relieve una combinación incómoda de actividad débil y presiones de precios de fondo todavía elevadas.

Las preocupaciones inflacionarias aumentaron tras el fuerte avance de 0,7% en los precios mayoristas en febrero, con un alza interanual de 3,4% en los precios al productor. Esas cifras sugieren que las presiones en la cadena de costos siguen presentes incluso antes de incorporar el impacto adicional del encarecimiento de la energía, lo que alimenta el temor a un escenario de estanflación que remite a la década de 1970.

El shock energético también está reconfigurando decisiones de política y corporativas. La decisión de la Casa Blanca de pagar a TotalEnergies 1.000 millones de dólares para cancelar proyectos eólicos en la Costa Este, al tiempo que subraya la urgencia de desarrollar el GNL, muestra hasta qué punto la guerra con Irán está influyendo en las prioridades energéticas de Estados Unidos, mientras el secretario del Tesoro, Scott Bessent, rechazó las especulaciones sobre una intervención oficial en el mercado petrolero para contener los precios.

En el frente internacional, las mismas presiones afectan a otras grandes economías. El Banco Central Europeo mantuvo las tasas sin cambios y advirtió que las perspectivas son significativamente más inciertas, mientras que el intento de Washington de presionar a China para ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz añadió una nueva dimensión geopolítica a la historia económica.

La tensión ya está llegando a los hogares y a los trabajadores: los trabajadores de plataformas afrontan precios de la gasolina en máximos de 21 meses. También se está trasladando al terreno político, donde Elizabeth Warren exigió explicaciones sobre los costos y las consecuencias económicas de lo que calificó como una guerra ilegal e imprudente. En conjunto, estos acontecimientos estrechan el vínculo entre la geopolítica y la política macroeconómica, elevando la probabilidad de un crecimiento más lento, una inflación más firme, bancos centrales más cautos y mercados más volátiles.

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