El panorama inflacionario de la eurozona ha cambiado de forma clara. La inflación fue del 2,18% en 2024, frente al 5,78% de 2023. Es una desaceleración importante y sugiere que la región ha dejado atrás la fase de shock amplio de precios para entrar en un entorno más normalizado.
Eso importa porque reduce la presión sobre la política monetaria. Cuando la inflación cae con esta magnitud, el BCE tiene más margen para no mantener una postura excesivamente restrictiva durante demasiado tiempo. Para el crecimiento, esto es relevante porque disminuye el riesgo de que la política siga añadiendo freno innecesario.
Pero los datos más recientes no indican que la inflación haya desaparecido. El índice de precios al consumo de la OCDE para la eurozona subió a 129,55 en diciembre de 2025 desde 129,34 en noviembre, un avance mensual del 0,16%. El aumento es pequeño, pero confirma que los precios siguen subiendo en lugar de estabilizarse por completo.
Eso ayuda a explicar por qué el BCE dejó sin cambios sus tasas el 17 de marzo. La tasa principal de refinanciación se mantuvo en 2,15% y la facilidad de depósito en 2,00%. Mantener las tasas encaja con un entorno en el que la inflación se ha enfriado mucho, pero aún se busca evidencia de que la presión residual sobre los precios seguirá contenida.
Para los mercados y las empresas, el mensaje es de cautela más que de giro rápido. El shock inflacionario ya se ha moderado de forma clara, pero los aumentos mensuales de precios siguen presentes. La cuestión inmediata ya no es cómo frenar un repunte inflacionario, sino cuánto tiempo deben permanecer las tasas en los niveles actuales para consolidar ese avance.