El conflicto de Oriente Medio ha cruzado un punto de no retorno. Israel ha declarado que la guerra contra Irán entra en su "fase decisiva" tras explosiones en Bagdad y en grandes instalaciones energéticas regionales, señalando una intensificación en lugar de una desescalada. El llamado explícito de Trump a China y otras naciones para desplegar buques de guerra y asegurar el Estrecho de Ormuz subraya cómo la crisis requiere ahora la participación directa de potencias globales. Esta solicitud coloca a Pekín en una posición diplomática delicada, obligada a equilibrar sus intereses de seguridad energética contra sus relaciones en Oriente Medio y evitar un enredo más profundo en operaciones militares lideradas por Estados Unidos.
Los mercados energéticos son la preocupación inmediata. El Estrecho de Ormuz sigue siendo infraestructura crítica para los suministros petroleros mundiales, y cualquier disrupción impactaría con fuerza particular en las presiones inflacionarias de las economías dependientes de la energía. El gobierno británico ya anuncia apoyos "dirigidos" para los hogares más vulnerables con el fin de compensar los costos energéticos en alza, una señal de que las economías desarrolladas anticipan shocks de precios. Para China, el mayor importador mundial de petróleo crudo, cualquier disrupción sostenida en el suministro amenazaría la competitividad manufacturera y añadiría presiones deflacionarias a pesar de la demanda doméstica ya débil.
El derrame regional amplía el alcance del conflicto. Líbano enfrenta ataques israelíes intensificados, con el secretario general de la ONU advirtiendo que no existe "solución militar", aunque el impulso diplomático permanece débil. Turquía ha expresado preocupación sobre un posible genocidio, señal de fracturas dentro de la OTAN respecto a la política de Oriente Medio. Mientras tanto, las repercusiones han llegado a lugares inesperados: la recuperación económica de Sri Lanka tras su crisis de deuda de 2022 podría enfrentar nuevos obstáculos si la inestabilidad regional disrumpe las rutas de envío y los patrones comerciales en Asia del Sur.
La fragmentación geopolítica está reformulando los marcos de cooperación global. El inusual llamado de Hamás a Irán para evitar atacar países vecinos sugiere que incluso los actores proxy temen una escalada incontrolada, aunque esta contención ha resultado insuficiente para detener las operaciones. La reapertura de la embajada estadounidense en Venezuela y la realineación más amplia de las posturas diplomáticas estadounidenses en el Sur Global añaden otra capa de complejidad, sugiriendo que Washington está recalibrando alianzas mientras gestiona la crisis de Oriente Medio.
Para el crecimiento y los mercados, las apuestas son claras. Los shocks de precios energéticos sostenidos elevarían la inflación en las economías dependientes de importaciones justo cuando los bancos centrales enfrentan señales mixtas sobre las trayectorias de tasas de interés. El crecimiento de China, ya frágil, enfrenta dos vientos en contra: disrupciones potenciales en el suministro de petróleo crudo y el riesgo de verse arrastrada hacia compromisos de seguridad que distraigan del estímulo doméstico. Los mercados accionarios enfrentan volatilidad mientras la "fase decisiva" permanezca indefinida, mientras que los rendimientos de bonos probablemente se revaluarán al alza si la inflación energética resurge, preocupación particular para soberanos fuertemente endeudados que ya gestionan restricciones fiscales.